sábado, 2 de febrero de 2013

NO ME LO DIGAS DOS VECES


La ilusión y la inquietud acompañaban su camino. Aún recordaba las palabras de ella,  vacilantes, pero cálidas: “… Estoy archivando fotos en el ordenador. Acabo de pasar las de la comida de empresa y el curso que hicimos en Alicante. Estaba pensando que si te animas, te invito a un café y las vemos juntos…”
Estaba seguro, siente lo mismo que yo, -se decía-. Después de tantos años adorándola, ha llegado el momento. Ella ha sido prudente, ha esperado a divorciarse antes de empezar algo conmigo…Habrá llevado al niño con los abuelos para que estemos tranquilos…
Cuando se abrió la puerta de la casa, vio al hijo:
-¡Ejem!… ¡Hola Luisito! ¡Qué alto estás, campeón! ¿Y tu madre?
-Hola. Me ha dicho que pases, que ha ido a comprar algo para merendar. Oye, Antonio ¿tú eres informático los fines de semana?
-¿Yo?, no ¿por qué?
-Sí lo eres. Mi madre ha dicho que el único que podría arreglarnos el ordenador hoy sábado sería Antonio

 

Corrada del Obispo. Eduardo Urculo.

sábado, 19 de enero de 2013

AMIGOS HASTA LA MUERTE


Aquel 21 de Enero yo había quedado con Elsa en el apartamento de Cádiz, junto al Paseo Marítimo, para decidir el futuro de nuestra relación. Llegué por la tarde,  no quería ser visto por los vecinos, pero coincidí en el ascensor con dos chicos que parecían estudiantes, estarian de alquiler y serían de los pocos que vivian allí en invierno. Uno le pedía al otro que le ayudara con algo que tenia que montar.
Elsa no llegó, y cuando intenté dormir, no me lo permitieron la inquietud ni los ruidos de algún vecino. Pasé horas fumando junto a la ventana, aún tenía la esperanza de que apareciese en algún momento y todavía de madrugada vi a uno de los chicos salir con ropa deportiva y una mochila a correr. También lo vi entrar, oí puertas, mover muebles y vuelta a salir con la mochila a correr. Quise subir a partirle la cara y descargar en él mi ira, pero no estaba totalmente seguro de cuál era su piso y no debía hacerme notar. Cuando bajé por tabaco, casi amaneciendo, el imbécil, con la misma pinta, tomó un taxi.
Unos dias después, mi mujer, horrorizada, me mostró  un periódico: El pasado día 21 en el edificio de nuestro apartamento de Cádiz, José Juan, un estudiante de medicina,  había golpeado en la cabeza con la pata de una mesa rellena de arena a Javier, su mejor amigo, tras taparle los ojos con la excusa de probar el sonido del equipo de música. Seguidamente lo acuchilló hasta matarle. Lo descuartizó y esa madrugada lo transportó en una mochila, en varios viajes, hasta unas obras en el espigón de la Punta  de S. Felipe.  Conservó las manos en formol y envió una carta a los padres pidiendo doce millones de pesetas (72.000 euros) como rescate de su hijo supuestamente secuestrado.
Tardé en reponerme. Aquella noche de 1989, Javier perdió la vida, el asesino perdió a su mejor amigo; el prestigioso arquitecto que diseñó nuestro edificio y su mujer, perdieron un hijo. Y yo, perdí a Elsa. Afortunadamente, nadie me citó sobre el caso, hubiera perdido también a mi mujer.


El Grito. Edvard Munch. 1893


martes, 1 de enero de 2013

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA.


Estando sentada en la sala de espera pasó una doctora a la que hacía tiempo que no veía. Parecía ajetreada, buscando pruebas o algo de un paciente que debería tener un problema. Advertí que llevaba el pelo muy muy cortito y recordé que la última vez que oí un comentario sobre ella fue en un tono preocupante. Estaba guapa y derrochaba actividad, como siempre.
Cuando veo a una de estas mujeres, en su trabajo, llevando los niños al colegio, en el cine, etc., me imagino que llevan sobre su cabeza un surtidor invisible que nos va rociando de gotitas, con mensajes que nos dicen: “lo vencí”, “se puede”,  “hay solución”.
Al rato volvió a pasar con su paciente, parece que le resolvió el problema y creo que también a alguno de los que allí estábamos.
Frederic Bazille. El vestido rosa. 1864


martes, 25 de diciembre de 2012

CUENTO DE NAVIDAD


Hace tiempo que quería una nochebuena diferente y la he tenido. Mi hijo, el que emigró, no ha venido a casa por Navidad, le hemos visitado sus padres. He palpado el frío gélido, he bebido vino caliente y brindamos con otros españoles, con esa alegría y unión que surge rápida cuando estás solo en un lugar extraño y encuentras a un paisano.
Al final de la noche, mientras contemplaba el fuego, me sorprendí echando de menos las canastillas de hojaldre rellenas de mi madre. Es curioso, nunca pensé que me gustasen tanto, nunca la felicité por esta especialidad, pero es la primera Navidad sin ellas y sin ella. A veces, es cierto que brillan las ausencias y personas que se consideran a sí mismas poco relevantes, hacen que cambie totalmente una reunión cuando no están. A otras, se les espera un año y otro y cuando quieren unirse, ya aquella no es su fiesta. No ha habido gritos ni voces de niños, ni una abuela desafinando con la pandereta, ni el cuñado sabelotodo, ni el que se pasa de copas y da la lata, ni quien se va al baño a la hora de recoger…
En fin, que cuando nos llega la nostalgia, echamos en falta hasta lo que nos molesta, aunque ha sido distinto, divertido, y con quienes más quiero.
¡Felicidades a todos!
La adoración de los Pastores. El Greco. 1614. Museo del Prado

miércoles, 12 de diciembre de 2012

UNA HABITACION SIN VISTAS

Y al otro lado de la ventana, nada de nada. Había llegado hasta allí perfectamente, no parecía que estaba estrenando piso. Tal como le había enseñado su familia, hoy había sido capaz de llegar solo al piso nuevo. Abrió con la llave el portal a la primera, sin problemas con el ascensor, ni con la puerta de la vivienda. Una vez allí anduvo diligente hacía el salón, después, una prueba de reconocimiento por la cocina y de allí a su dormitorio. Todo le resultaba ya conocido, pero al abrir la ventana, su ceguera le impidió saber qué había delante y ningún sonido era diferente al de cualquier otra calle.



Una habitación con vistas. Dir. James Ivory. Novela E.M. Forster

 
Día de Santa Lucía. Patrona de los ciegos




martes, 4 de diciembre de 2012

TE QUIERO


Hace  mucho tiempo decidí estudiar inglés, porque si algún día una voz interesante me decía por teléfono: “I  just called to say I love you”, sería imperdonable no entenderme con él.
Pero durante años, sólo llamó un guiri una vez por error y dado que la pronunciación británica no es fácil, abandoné la idea.
Preferí entonces aprender francés, ya que es irresistible  oir "Je t’aime" en la voz de Jacques Brel o algún otro. Pero me di de bruces con la gramática y opté por olvidarlo.
Siempre pensé que si un chicarrón de dos metros me soltaba “Ich liebe dich”, creería que me estaba amonestando y no lo intenté con el alemán.
De todas maneras, si un guapetón, como los mejores patricios de Roma, dijera “ti amo”, habría que saber italiano; pero dada la similitud con el español, no me esforcé en ello.
A estas alturas de la vida de mi corazón, en el caso de que alguna vez me encuentre en una situación sentimental de bilingüismo, he decidido que lo mejor es pronunciar aquello que tanto gustó a Melanie de su Banderas: “te quiero una jartá”. Y si por remilgo o por las circunstancias, debo dejar la “jartá”, pues simplemente: “te quiero”, suena bien.
Dicho queda, a quien lo merezca.
 
La mujer de Rojo. Dir. Gene Wilder. 1984
 

sábado, 24 de noviembre de 2012

SÍ, MAMÁ

Ten cuidado. Mira bien antes de cruzar. Abrígate, que puedes coger frío. Guarda bien ese dinero. ¿Se te olvida algo?  Llámame cuando llegues. No te preocupes, yo te recojo.
¿Te has tomado ya el cola-cao?
- Sí, mamá.
Cuarenta años después.
 Ten cuidado. Mira bien antes de cruzar. Abrígate, que puedes coger frío. Guarda bien ese dinero. ¿Se te olvida algo?  Llámame cuando llegues. No te preocupes, yo te recojo.
¿Te has tomado ya las pastillas?
-Sí, hija.

Autorretrato Louise Elisabeth Vigée Le Brun con su hija. 1789. Museo del Louvre

sábado, 17 de noviembre de 2012

SE HIZO EL SUECO


El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Sin embargo, lo contrataron como pinchadiscos en la discoteca del hotel español donde yo trabajaba.  Iba recomendado por Anselmo, un gran amigo de mi marido, que conocía al director.
Me subyugó desde el primer momento. Era pelirrojo y yo no podía resistirme, así que cuando Luis, mi marido, Anselmo y él, Erik, quedaban para jugar al tenis o ver un partido, hacía cualquier cosa por aparecer por allí. Me encantaba que viniera a casa. Empezamos a frecuentar la discoteca del hotel por las noches. A veces se sentaba con nosotros un rato, yo con verlo y tenerlo cerca, me conformaba, me gustaba oír su voz, aunque no lo entendiese, pero me disgustaba que Luis y él hablaran en alemán. A pesar de que ninguno de ellos parecía  dominar el idioma, se dedicaban largas parrafadas. Me quedaba tan absorta mirándolo, que temía que se me notara. El también parecía querer comunicarse conmigo.
Un día me entregaron en recepción el teléfono móvil que Erik se había olvidado en la discoteca. ¡Qué placer, tener algo suyo entre mis manos! No pude reprimirme y me puse a curiosear. Me extrañó ver fotos con Luis en sitios que yo no sabía que habían estado. Encontré mensajes amorosos, ¡en español!  ¿Tenía una novia española?,  pero mi desconcierto llegó a la indignación  y a la amargura cuando comprobé que los mensajes pertenecían a mi marido.
Fui yo quien abandonó la casa y el trabajo. No podía vivir cerca de ellos. Nunca averigüé desde cuando se conocían.
Horacio Diez. Carl Larsson

sábado, 10 de noviembre de 2012

AQUEL DOMINGO EN QUE NOS CONOCIMOS


Aquel domingo de Noviembre, me desperté indispuesta y sobresaltada. Me asusté, pues noté por los síntomas que aquello iba en serio. De hecho, un rato después me llevaron al hospital.
Yo había organizado una comida campestre, rociada con el primer mosto de Jerez, con un buen grupo de amigos. Según avanzaba la mañana y ante mi ausencia, la intuición o las noticias que vuelan, hicieron que se fueran presentando hermanos y amigos en la habitación del hospital. No faltó nadie.
Ellos se saludaban, charlaban, reían y hablaban de mí en tono jocoso, ajenos a que yo no sabía qué hacer para calmar el dolor que me invadía. Ni los consejos de los sanitarios, ni el gotero,  sirvieron de nada. Tu padre no se atrevió a despedir a las visitas y llegué a morderle en una mano llevada por la desesperación. Además, tenía mucha hambre, pero no me dieron comida en previsión de una posible intervención con anestesia.
Por fin, a última hora de la tarde, en una aséptica sala, donde una incómoda postura llevó mi sufrimiento al límite, sin que llegara la inconsciencia, hubo un momento en que todo paró, sentí un vacío y todo se tornó en felicidad cuando el médico te colocó sobre mí y sólo supe decir: “mi niña”, “mi niña”…mientras te sostenía incrédula y papá grababa.
¡Feliz cumpleaños, hija!

domingo, 7 de octubre de 2012

CAPERUCITA GUAY

Mientras recogía flores, vi  que el lobo, tras preguntarme adónde iba y recomendarme el mejor camino, cambió su rumbo y tomó una calle estrecha hacia las afueras del pueblo.
Mi madre me advirtió que no me entretuviera ni hablara con desconocidos, pero yo entré en aquel parque buscando flores. Cuando tuve un ramillete, cogí mi mochila roja que guardaba  un rico bizcocho para entregárselo todo a mi abuelita, como quería mi mamá. Yo llevaba a todas partes aquella mochila y por ello me conocían por Mochilita Roja.
Crucé el barrio que me recomendó el lobo y cuando llegué a casa de la abuela, la puerta estaba entreabierta y la encontré en su dormitorio acostada,  estaba muy rara, con muy mala cara. Entonces le dije:
-Abuelita, ¡qué mal te encuentro!
-Hijita, estoy enferma.
-Pero ¡qué orejas más grandes tienes!
-¡Son para oírte mejor!
-Y ¡qué ojos tan grandes!
-¡Para verte mejor!
-Dios mío ¡qué boca tan grandes tienes! –Me daba un poco de miedo y marqué en el teléfono móvil el número de mi madre, pero antes que ella contestara, el lobo respondió:
-¡Para comerte mejor! Y cuando me dí cuenta de que no era mi abuela, sino el lobo disfrazado, éste me engulló y llegué a su estómago, dónde sí estaba mi abuela.
Después de un rato de miedo y congoja, la barriga del lobo se abrió y salimos mi abuela y yo sanas y salvas. Allí estaban un carnicero que  rasgó al lobo, unos policías que habían buscado al carnicero y mi madre, que como yo no le contestaba al móvil, se preocupó y llamó a la policía.
Todos estábamos felices, al lobo lo incineraron y yo aprendí que siempre que me llame mamá al móvil debo responder, pues de lo contrario, ella se imagina lo peor y llama a la policía


 

sábado, 8 de septiembre de 2012

VIENDO LAS NOTICIAS

Antonio se levantó somnoliento, como siempre, aquella mañana de Septiembre. Su familia ya había salido y puso la TV mientras preparaba un café. Repetía esta rutina diariamente en su piso de El Bronx desde hacía unos años, cuando llegó desde  Perú en busca de una vida más digna. Y como siempre, conduciría después su taxi hacia Manhattan.

¡Qué les gusta a estos americanos estas películas de ciencia-ficción!, -pensó al ver en la pantalla un avión que impactaba contra una de las torres gemelas-.
No le agradaba ese argumento, menos aún cuando su hijo mayor, tras graduarse en la Universidad había conseguido recientemente un empleo en una oficina del piso 62,  así que cambió de canal, pero para su sorpresa, encontró la misma película, ¡qué raro! –balbuceó inquieto-. Volvió a cambiar y un periodista explicaba una catástrofe. No sabía si tenía problemas con el inglés o no acababa de comprender el suceso.  Buscó una TV. en español y oyó a un periodista que exclamó: “¡La otra torre, Dios Santo!”
Cogió el teléfono, pero algo como un globo empezó a ocuparle el pecho y taparle la garganta. Tampoco los dedos le respondieron. Cuando intentó abrir la puerta para pedir ayuda, cayó desplomado al suelo.
Torres gemelas. Luis Mora

domingo, 2 de septiembre de 2012

DESCONOCIMIENTO


Una señora, ordenando un mueble, saca una carpeta y se queda parada mirando  un retrato antiguo. Un niño se acerca y le pregunta:
-Abuela, ¿quién es ese hombre de la foto?
-Mi abuelo.
-¡Qué guapo! ¿Y te acompañaba al colegio?
-No, yo no lo conocí. Murió  muy joven, cuando mi madre era muy pequeña.
-¡Ah! ¿Estaba en el hospital? ¿No?
-No. Murió en la guerra.
-¿Y tú le llevas flores  como al abuelo, cuando vas al cementerio?
-No cariño, yo no sé dónde está.
-Pues pregunta. Papá a lo mejor lo sabe.
-No, hijo, no, nadie sabe dónde está.
-¡Cómo no lo vas a saber! Si los muertos no pueden moverse. Lo que eres una tacaña, que no quieres comprarle flores.
La mujer se agacha, y abraza fuerte al niño, ocultando el rostro.

Niño sentado con una carpeta. Francois Bonvin