martes, 4 de diciembre de 2012

TE QUIERO


Hace  mucho tiempo decidí estudiar inglés, porque si algún día una voz interesante me decía por teléfono: “I  just called to say I love you”, sería imperdonable no entenderme con él.
Pero durante años, sólo llamó un guiri una vez por error y dado que la pronunciación británica no es fácil, abandoné la idea.
Preferí entonces aprender francés, ya que es irresistible  oir "Je t’aime" en la voz de Jacques Brel o algún otro. Pero me di de bruces con la gramática y opté por olvidarlo.
Siempre pensé que si un chicarrón de dos metros me soltaba “Ich liebe dich”, creería que me estaba amonestando y no lo intenté con el alemán.
De todas maneras, si un guapetón, como los mejores patricios de Roma, dijera “ti amo”, habría que saber italiano; pero dada la similitud con el español, no me esforcé en ello.
A estas alturas de la vida de mi corazón, en el caso de que alguna vez me encuentre en una situación sentimental de bilingüismo, he decidido que lo mejor es pronunciar aquello que tanto gustó a Melanie de su Banderas: “te quiero una jartá”. Y si por remilgo o por las circunstancias, debo dejar la “jartá”, pues simplemente: “te quiero”, suena bien.
Dicho queda, a quien lo merezca.
 
La mujer de Rojo. Dir. Gene Wilder. 1984
 

sábado, 24 de noviembre de 2012

SÍ, MAMÁ

Ten cuidado. Mira bien antes de cruzar. Abrígate, que puedes coger frío. Guarda bien ese dinero. ¿Se te olvida algo?  Llámame cuando llegues. No te preocupes, yo te recojo.
¿Te has tomado ya el cola-cao?
- Sí, mamá.
Cuarenta años después.
 Ten cuidado. Mira bien antes de cruzar. Abrígate, que puedes coger frío. Guarda bien ese dinero. ¿Se te olvida algo?  Llámame cuando llegues. No te preocupes, yo te recojo.
¿Te has tomado ya las pastillas?
-Sí, hija.

Autorretrato Louise Elisabeth Vigée Le Brun con su hija. 1789. Museo del Louvre

sábado, 17 de noviembre de 2012

SE HIZO EL SUECO


El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Sin embargo, lo contrataron como pinchadiscos en la discoteca del hotel español donde yo trabajaba.  Iba recomendado por Anselmo, un gran amigo de mi marido, que conocía al director.
Me subyugó desde el primer momento. Era pelirrojo y yo no podía resistirme, así que cuando Luis, mi marido, Anselmo y él, Erik, quedaban para jugar al tenis o ver un partido, hacía cualquier cosa por aparecer por allí. Me encantaba que viniera a casa. Empezamos a frecuentar la discoteca del hotel por las noches. A veces se sentaba con nosotros un rato, yo con verlo y tenerlo cerca, me conformaba, me gustaba oír su voz, aunque no lo entendiese, pero me disgustaba que Luis y él hablaran en alemán. A pesar de que ninguno de ellos parecía  dominar el idioma, se dedicaban largas parrafadas. Me quedaba tan absorta mirándolo, que temía que se me notara. El también parecía querer comunicarse conmigo.
Un día me entregaron en recepción el teléfono móvil que Erik se había olvidado en la discoteca. ¡Qué placer, tener algo suyo entre mis manos! No pude reprimirme y me puse a curiosear. Me extrañó ver fotos con Luis en sitios que yo no sabía que habían estado. Encontré mensajes amorosos, ¡en español!  ¿Tenía una novia española?,  pero mi desconcierto llegó a la indignación  y a la amargura cuando comprobé que los mensajes pertenecían a mi marido.
Fui yo quien abandonó la casa y el trabajo. No podía vivir cerca de ellos. Nunca averigüé desde cuando se conocían.
Horacio Diez. Carl Larsson

sábado, 10 de noviembre de 2012

AQUEL DOMINGO EN QUE NOS CONOCIMOS


Aquel domingo de Noviembre, me desperté indispuesta y sobresaltada. Me asusté, pues noté por los síntomas que aquello iba en serio. De hecho, un rato después me llevaron al hospital.
Yo había organizado una comida campestre, rociada con el primer mosto de Jerez, con un buen grupo de amigos. Según avanzaba la mañana y ante mi ausencia, la intuición o las noticias que vuelan, hicieron que se fueran presentando hermanos y amigos en la habitación del hospital. No faltó nadie.
Ellos se saludaban, charlaban, reían y hablaban de mí en tono jocoso, ajenos a que yo no sabía qué hacer para calmar el dolor que me invadía. Ni los consejos de los sanitarios, ni el gotero,  sirvieron de nada. Tu padre no se atrevió a despedir a las visitas y llegué a morderle en una mano llevada por la desesperación. Además, tenía mucha hambre, pero no me dieron comida en previsión de una posible intervención con anestesia.
Por fin, a última hora de la tarde, en una aséptica sala, donde una incómoda postura llevó mi sufrimiento al límite, sin que llegara la inconsciencia, hubo un momento en que todo paró, sentí un vacío y todo se tornó en felicidad cuando el médico te colocó sobre mí y sólo supe decir: “mi niña”, “mi niña”…mientras te sostenía incrédula y papá grababa.
¡Feliz cumpleaños, hija!

domingo, 7 de octubre de 2012

CAPERUCITA GUAY

Mientras recogía flores, vi  que el lobo, tras preguntarme adónde iba y recomendarme el mejor camino, cambió su rumbo y tomó una calle estrecha hacia las afueras del pueblo.
Mi madre me advirtió que no me entretuviera ni hablara con desconocidos, pero yo entré en aquel parque buscando flores. Cuando tuve un ramillete, cogí mi mochila roja que guardaba  un rico bizcocho para entregárselo todo a mi abuelita, como quería mi mamá. Yo llevaba a todas partes aquella mochila y por ello me conocían por Mochilita Roja.
Crucé el barrio que me recomendó el lobo y cuando llegué a casa de la abuela, la puerta estaba entreabierta y la encontré en su dormitorio acostada,  estaba muy rara, con muy mala cara. Entonces le dije:
-Abuelita, ¡qué mal te encuentro!
-Hijita, estoy enferma.
-Pero ¡qué orejas más grandes tienes!
-¡Son para oírte mejor!
-Y ¡qué ojos tan grandes!
-¡Para verte mejor!
-Dios mío ¡qué boca tan grandes tienes! –Me daba un poco de miedo y marqué en el teléfono móvil el número de mi madre, pero antes que ella contestara, el lobo respondió:
-¡Para comerte mejor! Y cuando me dí cuenta de que no era mi abuela, sino el lobo disfrazado, éste me engulló y llegué a su estómago, dónde sí estaba mi abuela.
Después de un rato de miedo y congoja, la barriga del lobo se abrió y salimos mi abuela y yo sanas y salvas. Allí estaban un carnicero que  rasgó al lobo, unos policías que habían buscado al carnicero y mi madre, que como yo no le contestaba al móvil, se preocupó y llamó a la policía.
Todos estábamos felices, al lobo lo incineraron y yo aprendí que siempre que me llame mamá al móvil debo responder, pues de lo contrario, ella se imagina lo peor y llama a la policía


 

sábado, 8 de septiembre de 2012

VIENDO LAS NOTICIAS

Antonio se levantó somnoliento, como siempre, aquella mañana de Septiembre. Su familia ya había salido y puso la TV mientras preparaba un café. Repetía esta rutina diariamente en su piso de El Bronx desde hacía unos años, cuando llegó desde  Perú en busca de una vida más digna. Y como siempre, conduciría después su taxi hacia Manhattan.

¡Qué les gusta a estos americanos estas películas de ciencia-ficción!, -pensó al ver en la pantalla un avión que impactaba contra una de las torres gemelas-.
No le agradaba ese argumento, menos aún cuando su hijo mayor, tras graduarse en la Universidad había conseguido recientemente un empleo en una oficina del piso 62,  así que cambió de canal, pero para su sorpresa, encontró la misma película, ¡qué raro! –balbuceó inquieto-. Volvió a cambiar y un periodista explicaba una catástrofe. No sabía si tenía problemas con el inglés o no acababa de comprender el suceso.  Buscó una TV. en español y oyó a un periodista que exclamó: “¡La otra torre, Dios Santo!”
Cogió el teléfono, pero algo como un globo empezó a ocuparle el pecho y taparle la garganta. Tampoco los dedos le respondieron. Cuando intentó abrir la puerta para pedir ayuda, cayó desplomado al suelo.
Torres gemelas. Luis Mora

domingo, 2 de septiembre de 2012

DESCONOCIMIENTO


Una señora, ordenando un mueble, saca una carpeta y se queda parada mirando  un retrato antiguo. Un niño se acerca y le pregunta:
-Abuela, ¿quién es ese hombre de la foto?
-Mi abuelo.
-¡Qué guapo! ¿Y te acompañaba al colegio?
-No, yo no lo conocí. Murió  muy joven, cuando mi madre era muy pequeña.
-¡Ah! ¿Estaba en el hospital? ¿No?
-No. Murió en la guerra.
-¿Y tú le llevas flores  como al abuelo, cuando vas al cementerio?
-No cariño, yo no sé dónde está.
-Pues pregunta. Papá a lo mejor lo sabe.
-No, hijo, no, nadie sabe dónde está.
-¡Cómo no lo vas a saber! Si los muertos no pueden moverse. Lo que eres una tacaña, que no quieres comprarle flores.
La mujer se agacha, y abraza fuerte al niño, ocultando el rostro.

Niño sentado con una carpeta. Francois Bonvin

viernes, 24 de agosto de 2012

ADIÓS, TÍTERES, ADIÓS.

Para los jóvenes de mi generación, la vuelta al cole está marcada con la Muestra de Títeres. El programa estaba entre libros nuevos, cartucheras y mochilas. Empecé a conocer el callejero de Jerez buscando de plaza en plaza el ansiado escenario. Me gustaban todos: de varilla, guante, sombras y lo que hubiera. Recuerdo algunos titiriteros que eran fijos todos los años y me alegraba reconocerlos, como una pareja, creo que de Zaragoza.

Mis padres se afanaban en colocarnos en un buen sitio y ellos se iban detrás, decían que a charlar, pero cuando yo me volvía para asegurarme de que seguían allí, los veía mirando atentos, cuando no embobados y se reían con los diálogos. Mi madre era una pesada aplaudiendo y la última en irse, pues siempre encontraba alguna antigua amiga que estaba con sus hijos. Entonces mi padre corría con nosotros a la siguiente plaza para encontrar sitio.

Me gustaba ver el Centro tan lleno, merendar o cenar en la calle y mi hermana y yo no nos sentíamos satisfechos hasta que poníamos en el programa la última cruz a la última función, pues eran varios días y daba tiempo. Alguna vez vino mi primo desde Cádiz a verlos y un año que tuvimos familiares de fuera de vacaciones en Septiembre, también disfrutaron de los títeres.

Este año me estrenaba como acompañante, le había prometido a mi primo pequeño llevarlo. Pero ayer me dijeron que se han suspendido y no entiendo por qué le aconsejan que se aficione al golf, que estará más distraído.

lunes, 20 de agosto de 2012

LA AVENTURA DE ERNEST

Al día siguiente de entrar Gran Bretaña en la primera Guerra Mundial, el 9 de agosto de 1914, zarpé del puerto inglés de Plymouth, junto a 26 compañeros a bordo del Endurance. No tenía miedo, no era mi primer viaje, aunque sí el más importante.

Al poco tiempo, el barco quedó atrapado. Pasamos meses en un campamento improvisado sin que nadie viniese a rescatarnos. No había llegado la época dorada de las comunicaciones y un país en guerra no puede velar por todos sus súbditos. Pasamos duras pruebas físicas y psicológicas de supervivencia. Llegamos a jugar al fútbol y hacer teatro a temperaturas extremas, para mantener la mente y el espíritu activos.  Los perros fueron parte de nuestro alimento. Recorrimos kilómetros andando cargando todo el material. Un grupo navegamos en un bote salvavidas hasta una isla, mientras el resto esperaba.  Después otra travesía de 1300 km. en otro bote abierto por uno de los mares más peligrosos del planeta. Ya habían pasado dos  inviernos de vientos y nevadas y llegó otro verano  cuando yo, Ernest Shackleton, junto a dos compañeros, sin mapa ni equipo  adecuado, cruzamos una montaña nevada hasta que encontramos por fin ayuda. Como el gobierno británico tardaría varios meses en rescatarnos, después de muchos intentos, el 30 de Agosto de 1916, en un barco chileno, recogimos al grupo que esperaba en la Isla Elefante.
No conseguí cruzar la Antártida como pretendía, pero fui considerado  el mejor líder de la historia de la aventura y la épica, que logró mantener vivo a todo el grupo, en las condiciones más adversas, llegando a altas cotas de superación del ser humano.
Foto: Frank Hurley

domingo, 5 de agosto de 2012

ELLOS


Ella no sabía muy bien qué hacía allí en casa de aquel amigo. El estaba recién llegado de vacaciones desde otra ciudad donde trabajaba últimamente. Se habían encontrado un rato antes por los alrededores y tras los saludos y comenzar a charlar, él la invitó a pasar.
Desde hacía varios años que se conocían, era la primera vez que estaban a solas en un lugar resguardado y ambos, sin confesarlo, habían deseado muchas veces que se produjera una situación así. El se mostraba inquieto como un muchacho, aunque no lo era. Ella, insegura  como una adolescente, que tampoco lo era. Él disfrutó enseñándole su rincón favorito y algunos objetos personales significativos. A ella le gustó verlos.
No se permitieron más placer que el de la conversación. Se sentaron frente a frente y terminaron hablando de trivialidades, mientras se observaban y se gustaban. Ella supuso que él estaría deseando encontrarse con aquella chica que siempre lo acompañaba últimamente y con quién parecía  muy entusiasmado. El pensó que ella no estaría para ningún tipo de proposición, después de hablarle de la enfermedad que le habían diagnosticado.
Cuando ella salió a la calle, la luz del sol le cegó la vista y también la mente. Creyó que aquello no había ocurrido, que fue solo un espejismo en su desierto.
Le déjeuner. Renoir. 1879

jueves, 26 de julio de 2012

INGENUO PERDEDOR.-


Aquella mañana el salió de su casa para trabajar, como siempre, a las 7,45, después de besar a su esposa y echar una mirada a los dormitorios de sus hijos. Repetía lo mismo cada día desde hacía 15 años. Anteriormente estuvo trabajando lejos y se sintió feliz cuando tras superar unas pruebas y méritos, consiguió ese puesto estable en su ciudad.
Al volver a su casa, se detuvo unos minutos con las llaves en la mano sin atreverse a abrir la puerta. No sabía cómo mirar a su mujer ni cómo explicarle a sus hijos que lo habían incluido, sin razón alguna, en el ERE de la empresa donde trabajaba.

domingo, 15 de julio de 2012

ESTO LO PAGAS TÚ

Erase una vez una familia que sufrió en su casa el robo de cierta cantidad de dinero y algunas joyas. Como no había señas de violencia, ni pistas, ni se detuvo a nadie, el seguro no les indemnizó.
Entonces se les ocurrió decirle a la asistenta que para recuperar esta pérdida estarían un buen tiempo sin pagarle. Como estaba interna, sólo tendría la comida y el alojamiento.
Ella no pudo hacer otra cosa. No tenía dónde ir y no encontraba otro empleo. Oía que otras personas negociaban despidos, cobraban el desempleo, cambiaban de empresa, pero no era su caso.
Pasado un tiempo oyó la noticia de que el gobierno había tenido una gran pérdida económica a través de los bancos, pero no lo pagaron los culpables. Entonces le quitaron parte del sueldo y derechos a sus empleados. Ella pensó que todo esto le sonaba, que ya lo había vivido.
El Fregadero. Giuseppe Crespi "El Español". 1720